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Un intento de nombrar todo lo que existe en la vida; y también, la muerte

10/10/2025

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Aquí escribo algunas reflexiones indispensables sobre la vida y la muerte. La calle Gascón como ejemplo de por qué anhelamos seguir viviendo.

Últimamente estuve meditando mucho sobre la muerte y sobre el miedo a ella. Voy a exponer las “conclusiones” a las que llegué luego de estas meditaciones (uso las comillas ya que, si bien está exposición contiene todo mi entendimiento actual del tema, esta extremadamente lejos de ser completa).

Paradoja de la muerte

Partamos del polémico (aunque científico) supuesto de que la muerte representa el fin definitivo. Dado un punto en el tiempo, de todos los eventos posibles que podrían ocurrirnos, la muerte es el menos deseable de ellos. De esto deduzco que la utilidad de la muerte debería ser menos infinito o, cuando menos, una magnitud abismalmente negativa.

El problema es que vivimos en un mundo injusto. Nadie es especial y las catástrofes le pueden ocurrir a cualquiera. Cada instante que vivimos, por más responsables que seamos, nos exponemos a una (muy ínfima) probabilidad de morir. Por ejemplo, yo tengo fobia a volar en avión, y no por ignorancia, ya que conozco las estadísticas (los aviones son más seguros que cualquier lugar en tierra firme), sino porque, a pesar de lo buenas que sean estas estadísticas, esa ínfima posibilidad existe, y como su resultado es tan catastrófico, la mera idea de que puede ocurrir resulta aterradora. Por supuesto, en este caso particular también entran en juego la ansiedad y los factores específicos del avión que la producen (claustrofobia, no tener control, etc.), como también ocurre lo propio con la hipocondriasis y otras fobias. Todo esto no es argumento para no volar en avión, ya que con el mismo razonamiento no deberíamos viajar en auto o colectivo, ni comer, ni salir de nuestra casa. La vida debe continuar. Y esto es alarmante: si de cualquier modo, sin importar lo que hagamos, nos exponemos a una ínfima probabilidad de que ocurra un evento con valor menos infinito, la conclusión matemática es que el valor esperado de la vida es negativo.

Uno podría ser pesimista y afirmar que la conclusión es correcta; yo, en cambio, prefiero llamarlo paradoja, porque sé—o más bien, siento—que la vida debe tener valor positivo. En este artículo busco

Distintos miedos

En mi experiencia el miedo a la muerte tiene tres o más formas posibles, de las cuales hasta ahora logré reconocer:

Miedo a la muerte prematura

Hay muchos factores que pueden generar este tipo de miedo, el principal de ellos es la ansiedad. Según el curso natural de las cosas, uno debería nacer, crecer, envejecer, y luego morir; sin embargo, sabemos que vivimos en un mundo injusto y que, como expuse previamente, por más baja que sea su probabilidad, los eventos catastróficos pueden ocurrir.

Hay dos agravantes de este problema: el primero, que no sabemos cuando la muerte puede llegar; es decir, la certeza de que siempre habrá momento para hacer cualquier cosa no puede ser absoluta; por lo tanto, existe cierta urgencia para vivir. El segundo agravante, que se contrapone, es que resulta imposible vivir como si todos nuestros días fueran el último: es obligatorio algún grado de planificación para poder vivir placenteramente. Este es el dilema de la urgencia: ¿qué cosas vale la pena no dudar y cuáles hay que planificar? Es decir, ¿cómo (se supone que) hay que vivir?

Miedo al envejecimiento

Aquí nos vamos del país de las catástrofes para entrar al de lo inevitable. Pues, de no ocurrir catástrofes, son inevitables el deterioro del cuerpo, los problemas de salud que ello acarrea, el fallecimiento de nuestros seres queridos, la nostalgia por eventos pasados que no se repetirán, etc. El tiempo es una máquina que nisiquiera con toda la ciencia actual somos capaces de detener. Y como nuestra conciencia está atada al tiempo, estamos condenados a su ritmo imparable.

El reconocimiento de este sufrimiento es muy viejo: ya lo descubrió Buddha en la primera de sus visiones.

Miedo al fin

Aún si no sufrimos accidentes, tarde o temprano, la muerte llega; lo sabemos por experiencia. Los museos están llenos de cuadros de personas muertas, nuestras librerías llenas de libros escritos por autores muertos, etc. El universo se empeña en demostrarnos que el ser humano, a pesar de haber conquistado el espacio, sigue perdiendo su batalla más importante en tierra firme. Y esto ocurre sin importar cuán geniales o importantes hayamos sido en vida: hasta los reyes mueren.

Apego

Estuve reflexionando profundamente sobre qué es lo que en el fondo me preocupa de la muerte, sobre todo, con mi preocupación particular por la muerte prematura, y temo haber concluido algo muy interesante. Ya reflexioné en esta nota como nuestra mente fracciona el espacio de "lo que existe" en diversos subconjuntos o "conceptos" distinguibles y la relación con el lenguaje. En estos párrafos me propongo a exponer la relación entre este "espacio mental" y el miedo a la muerte.

El miedo a la muerte, por definición, es miedo a la ausencia de vida. Es decir, hay algo en la vida (que no lo hay en la muerte) y nos resulta indispensable. Y creo saber qué es aquello: la experiencia. Entonces surge la pregunta: ¿qué es lo que nos gusta experimentar? La vida tiene un amplio espacio de "cosas" que se pueden experimentar, y creo que este espacio está bien representado por el espacio mental EE antes expuesto.

Precisamente, podemos pensar al espacio EE como el espacio de los vivos ya que sus puntos son propiedad exclusiva del universo como lo experimentamos aquellos que estamos vivos. Por ejemplo, la luna como concepto (es decir, subconjunto del espacio EE) pertenece claramente al espacio de los vivos, y como tal, es experimentable de muchas formas. Por ejemplo, al leer "luna" (el signifié), el lector se imagina (es decir, experimenta) la luna; aunque, por supuesto, la luna también se puede ver la luna, caminar bajo ella, y otras mil formas de experimentarlas. Asimismo, uno puede experimentar "lo aéreo", por ejemplo, en un avión; "lo claro sobre oscuro", con un velador o una pintura cubista, y lo redondo, con la vista, el tacto o la mente.

En la nota previa desarrollé como cada individuo fabrica sus propios conceptos al subdividir el espacio de una manera específica. En consecuencia, cada uno es capaz de experimentar una lista de cosas específica de la persona. El ejemplo más obvio de estos son los recuerdos (esa caminata bajo la luna el 3 de abril de 2011, una noche despejada, cuando...), que, como conceptos pueden experimentarse mediante el recuerdo o la nostalgia. Incluso, yo sostengo que, más allá de los recuerdos, cada individuo tiene su propio repertorio de conceptos idiosincráticos, sin nombre común, que experimenta a menudo.

Conceptos tales que se me ocurren que carecen de una palabra en español que los defina: la luna que se muestra cerca del horizonte y por la perspectiva se ve más grande; enterarse de algo incómodo que uno se arrepiente de saber; comer una comida muy rica que hace mucho uno no comía; los pasillos de la escuela secundaria donde uno estudió; la línea temporal de los presidentes de Argentina; etcétera. Todos estos conceptos no se pueden definir con una única palabra en español, pero resulta claro que se pueden experimentar con varios de los sentidos (o la mente). No violaría las leyes del lenguaje si decreto que estos conceptos se llaman "megaluna", "malenterarse", "manditear", "secundivías", "argentinología" y manifiesto que anoche vi una megaluna, que manditeé un buen asado, o que en la clase de historia sufría la argentinología.

Por supuesto, el haber propuesto esos conceptos y no otros ya define un poco mi individualidad. Puedo ser más idiosincrático aún; si bien carezco de un nombre para ello, no me vendría nada mal una palabra para:

  • La sucesión de funciones fn(x)=xnf_n(x) = x^n en [0,1][0, 1] que se usa para refutar implicaciones que requieren de convergencia uniforme en lugar de convergencia puntual; o, incluso, la idea más genérica de que hay funciones que pueden aproximarse en cada punto a otra y que globalmente haya partes que tarden más y más en converger.

  • Cierto momento musical específico muy lindo, que es el punto álgido de la elegía (Op. 3, No. 1) de Rachmaninoff.

  • La lista de libros seleccionada por un club de lectura noruego, en orden cronológico, los cuales deseo leer.

Un último concepto que seguro no soy el primero en experimentarlo, pero casi seguramente soy el primero en ponerlo en palabras:

  • Un segmento de línea imaginario que existe en Palermo, y sigue principalmente la traza de la calle Gascón, en donde convergen dos trazados reticulares distintos de la ciudad de Buenos Aires, y por ende, se presentan intersecciones de cinco calles.

Este último concepto (por poner un nombre, "palermilinea") si bien es, por supuesto, una locura mía, me sirvió para darme cuenta de algo muy interesante. La parlermilinea forma parte del conjunto de cosas en las que yo pienso (soy raro) y también experimento, y, más aún, soy consciente de que experimento, y, por resultarme placentero, deseo volver a experimentar.

Se dice que nuestros recuerdos, ideas y deseos son lo que definen al "yo" de nuestra conciencia. Si podemos entender a estos como parte del conjunto de cosas que experimentamos, resulta inmediata la conclusión de que el "yo" está definido por el las experiencias que tenemos. Entonces, el miedo a dejar de existir, en el fondo, es miedo a perder la posibilidad de experimentar las cosas del espacio de la mente que construimos durante toda nuestra vida. Yo, por ejemplo, podría temer no poder escuchar nunca más ese momento musical de Rachmaninoff o caminar por Gascón, o cualquier otro concepto que me resulte atractivo.

Esta revelación, si bien me resultó muy satisfactoria, por supuesto no descubre nada nuevo. Buddha descubrió mientras meditaba, más de dos mil años antes que yo, que el apego (taṇhā), ya sea a los placeres sensuales, a las experiencias placenteras o no-experiencias del dolor, es el principal causante del sufrimiento o desasosiego (dukkha). Yo, que tengo dos mil años de avances en ciencias neurológicas a mi favor, y sé fehacientemente que los placeres sensuales se explican con la liberación de oxitocina en el cerebro, puedo afirmar que las experiencias son todas, en última instancia, cerebrales.

Si experimentar es un privilegio de los vivos (pues el cerebro se apaga al morir), el apego a estas experiencias son el origen del miedo a la muerte.

Soluciones

El budismo, ya citado un par de veces en este artículo, propone una solución muy interesante. En el final del camino a la liberación, uno logra suprimir todas las sensaciones de deseo. Es decir, suprimiendo las sensaciones tanto positivas como negativas de las experiencias, desaparece el apego a estas experiencias, y, en consecuencia, el miedo a la muerte.

Esta solución es, cuando menos, alamante. Para mí, que no soy budista, y probablemente esté malinterpretando la religión, la pérdida del placer por las experiencias, si bien es una solución, se parece más a dejar de vivir que a superar el miedo a la muerte.

En esto último hallo relación con otra contradicción que me persigue hace un tiempo. La novela más famosa del escritor inglés Aldous Huxley, Un mundo feliz, es generalmente clasificada como una distopía. El motivo es obvio: las clases sociales inamovibles y el condicionamiento en sueños, entre otros, chocan con nuestra "humanidad" y resultan sencillamente inmorales en nuestra sociedad. Sin embargo, hay algo perturbador del mundo ideado por Huxley: sus habitantes son felices.

Y en esto yo hallo un punto en común: pareciera que, para poder superar los problemas existenciales del ser humano, hay que sacrificar algo; precisamente, hay que sacrificar algo de humanidad para superarlo.

A pesar de todas estas conclusiones pesimistas, no hay que olvidar un problema más fundamental: no entendemos nada ni sobre la vida ni sobre la muerte. No sabemos qué es exactamente por qué hay una conciencia que puede afirmar "estoy vivo", ni conocemos los límites de dicha conciencia, y, menos que menos, qué ocurre con ella luego de la muerte biológica.

Puedo especular muchos escenarios que pueden ocurrir a la hora de la muerte, casi de ciencia ficción. Por ejemplo, no entemos muy bien qué es el "yo", salvo que es un conjunto de neuronas activándose en un orden específico. Esta visión "naturalista" de la conciencia da a entender que no hay diferencia tangible entre "yo" y el resto del universo, por lo que luego de la muerte "seguiremos vivos como materia universal". Dado que no hay diferencia física, ¿cuál sería el motivo para negar que podríamos ser la próima conciencia a nacer? O que parte de nuestra conciencia se vuelque en las personas que adquirieron conceptos de nuestro espacio mental. O, más científicamente, dado un tiempo infinito, la probabilidad de que vuelva a ocurrir otro Big Bang que cree otra tierra con otro cerebro con conexiones exactamente equivalentes a las nuestras es 11; es decir, tenemos certeza de que en algún momento "volveremos a nacer", y, si morir es como dormir, no tardaríamos ni un segundo en sentir que nos volvimos a despertar. tampoco hay que descartar la probabilidad de que la ciencia avance lo suficiente para poder revivir personas, y, en consecuencia, la muerte se sienta como despertarse de una siesta unos doscientos años después. Podríamos esbozar miles de teorías.

Gran parte del problema surge de que no tenemos un análogo del "espacio mental" para los muertos. Hay conceptos como "legado" o "recuerdo" que si bien son semánticamente cercanos a la muerte, al menos como los entendemos nosotros, son experiencias de los vivos. No tenemos herramientas para entender qué conceptos existen luego de la muerte, por lo que tampoco podemos negar su existencia. Más aún, por los estudios realizados sobre las ECM, tenemos indicios para creer que si tales "experiencias luego de la muerte" existen, de seguro son placenteras.

Por ahora, no tenemos más alternativa que controlar nuestras experiencias mientras estamos vivos. Buscar una respuesta a ¿cómo (se supone que) hay que vivir? y vivir siguiéndola. Meditar mucho y disfrutar el momento.